al que le brindas unas manos
para usarlas como lápices
y me brindaste tu cuerpo
como libreto virgen.
Tu cama fue el pupitre
donde calqué tu figura.
Y te aprendí despacio,
como dictan los maestros
que deben hacerse las grandes cosas.
Y así fui memorizando cada resquicio,
cada escondrijo de tu piel.
Cada centímetro de tu silueta
calcada en mi memoria,
a fuego.
Y te aprendí,
como se aprenden las cosas
que nunca se olvidan.
Te grabé dentro
como se graban los recuerdos
que nos mantienen vivos.
Te aprendí
sin la intención de olvidarte.