miércoles, 17 de febrero de 2016

Oscuridad

Llevo tres horas sumido en la oscuridad de mi hogar, ayudándome de una linterna y dos velas que están a punto de exhalar su última llama. Aferrándose a esa mecha, como si quisieran resguardarme del viento que azota con fuerza todas las ventanas de mi casa. 

Mi gato tiene miedo, o adivina el miedo en mis ojos. Lleva casi tres años conmigo y todavía no sé si soy yo el que le protege o, en cambio, es él el que viene a brindarme apoyo cuando sabe que lo necesito. Y cuando no, también. Me transmite el amor que un ser humano necesita cuando ha comenzado a perder la fe en las personas. Nuestras mascotas nos ayudan a no darnos por vencidos, de eso estoy seguro. 

Llevo tres horas de paz forzada, de silencio. De calma. Porque a veces es tan necesaria como respirar, aunque no recurramos a ella sino cuando estamos a borde de un precipicio. 

Quizás esa calma fue la que me faltó para decir adiós cuando todavía no era demasiado tarde. Por la incertidumbre y el miedo a echar de menos a alguien que me echaba de más. Por creer, cual necio, que podría controlar esta sinrazón. 

Una vez más, me equivoqué. 

Como lo he hecho tantas veces. 

Estoy tranquilo, sereno. Ese lastre que me encogía el pecho y provocaba que no apreciara el reflejo de mi espejo ya no está.

Soy mucho más. 

A veces solo es necesario un rato de oscuridad para darse cuenta de todo lo que uno es capaz de brillar. 

Y no dejen nunca que nadie les ahogue el brillo. 

sábado, 30 de enero de 2016

Bloqueo emocional

De a poco has ido cogiendo una extraña forma inerte, que te impide ver más allá de las risas que te provocan los demás, como si ya no hubiera nada que despertase en ti la pasión de antaño.

Paseas por la calle sin saber muy bien a donde vas, ni lo que buscas. Y, sobre todo, no tienes ni idea de lo que quieres encontrar. 

Quizás a ti, de nuevo.

Sigues escuchando la misma música de siempre, sumando algún tema que de improvisto ha aparecido para torpedearte las madrugadas. 

Y las mañanas.

Y las tardes.

Y las noches.

Como si no tuvieras suficiente.

Has vuelto a ver películas románticas. Sí. Justo ahora que has dejado de creer que todas esas mierdas existen. 

En el fondo nunca dejas de creer, pero bueno. Te intentas engañar. 

Y así prosigue tu vida, mientras intentas arreglar el desaguisado que provoca el paso del tiempo en personas que te lo han dado todo durante toda tu vida.

Pero por algo, o por alguien, ya no hay hueco para nada más.

Ya no te emocionan unos ojos,
ni unas manos,
ni unas piernas andando delante de ti dejando huellas en la arena de la playa.

Ya no hay ningún corazón que te erice la piel.

martes, 12 de enero de 2016

Espejismo sentimental

Ahí estaba yo, abandonado en mi particular desierto. Sin prisas. Sin el agobio del que no encuentra agua, ni comida. Sin la presión del silencio que aporreaba mi pecho cada noche.

Solo.

Con una soledad elegida a dedo. De esas que uno acoge para quererse un poquito más y, sobre todo, mucho mejor. De esas que uno necesita para crecer un poquito más, vivir mejor, abrazar mejor... Todo iba a mejor.

Hasta que apareció un oasis.

En mitad de aquel desierto, un lago enorme de ilusión que aparecía para saciar una sed que, en realidad, nunca tuve. Palmeras para cobijarme del fuego que suponía cargar conmigo a cuestas bajo la luz del Sol. Sus hojas, para abrigarme del frío cuando la Luna se alzaba al anochecer.

Me creí dichoso.

¿Qué hacía yo antes de ti?

Saber vivir. Saber mirar hacia delante. Quitarme el frío con mi amor propio que, aunque no lo creas, un día me sustentó.

Me creí afortunado.

Y resultaste ser un espejismo sentimental de esos que hacen trizas.

Ni lago, ni palmeras, ni sus hojas.

Resultaste ser más arena. Más desierto.

Un organismo inerte.

Incapaz.

lunes, 14 de diciembre de 2015

Despacio.

Me he levantado despacio,
para no alterar la poesía que hay en mi cama.

Una poesía desnuda,
sinuosa,
vibrante,
de esas que generan contracturas cervicales cuando las ves pasar.

Me he levantado despacio
y frente a los pies de mi cama
he recordado la rima de su brasier
con el verde de sus ojos.
 
Me he levantado despacio
observando la superstición de sus piernas cruzadas,
luchando para que no se escape mi suerte.

Me he levantado despacio,
abrazando al silencio que llena el cuarto,
afinando el oído,
prendándome de su respiración acompasada,
debatiéndome entra abrazarla y la muerte.

Me he vuelto a acostar despacio,
sin romper su calor,
sumando mi piel a su ecuación,
sumando su paz al resultado final
de mi salvación.

domingo, 13 de diciembre de 2015

Huye

Para serte sincero, hace tiempo que no me siento mirando a la nada con alguien a quien le apetezca escucharme, a quien le apetezca verme abierto en canal.

Será el frío de las últimas historias.

El miedo de los últimos fantasmas.

No poder controlarlos.

Abrir la puerta a otro demonio.

Quizá la suma de todo lo anterior.

Deberías saber que soy inestable. Inconformista aunque lo tenga todo, porque te aseguro que lo tengo. Siempre creo que se puede dar más, en cualquier ámbito, en cualquier faceta.

Soy testarudo. Si pienso que es sí, lucharé para demostrarlo o conseguirlo. Aunque con el tiempo he aprendido a admitir que estaba equivocado. Me di cuenta cuando comencé a menguar cada vez que me ofuscaba en un imposible. O en varios.

Me canso con facilidad si mi corazón no se llena. Cualquier proyecto, cualquier relación. Tiene que llenarme bien adentro, de no ser así la pasión se esfuma como arena entre mis manos bajo una tormenta.

Y esto es jodido.

No soy ejemplo de nada. Te lo aseguro. Podrás leer aquí historias, relatos y en ocasiones afirmaciones que parecen ser consejos de uno al que le cuesta aplicárselos. No los tomes al pie de la letra, moldéalo a tu gusto. Según te convenga. Eso es lo bueno de escuchar consejos; poder aplicarlos según nos venga en gana a nosotros. Y que nos llamen egoístas, hipócritas o lo que quieran. El nudo no lo tienen que deshacer ellos, así que no los escuches.

Esto si tómatelo al pie de la letra, no los escuches.

Soy paciente. Tanto que si pierdo la paciencia, no la vuelvo a recuperar.

Se me da bien perdonar, o eso creo. Olvidar ya es otra cosa. Pienso que olvidar no es algo que se elija.

Hago daño. Me han hecho daño. Lo he hecho muchas veces y lo seguiré haciendo. Me lo han hecho muchas veces y me lo seguirán haciendo. Porque así es el ser humano. Porque de eso trata todo esto. Es inevitable controlar el daño que hacemos, hasta cierto punto. Y ahí está la clave de todo: cuando somos conscientes de que lo estamos haciendo.

Es aquí donde debo advertirte.

Es aquí donde me pongo la armadura.

Si algún día me sigues infligiendo daño siendo consciente de ello, huye.

Huye muy lejos.