sábado, 12 de marzo de 2016

A(ma)RTE

Voy a hacerte pagar todos los platos rotos de mis historias pasadas,
todas las lágrimas,
las noches en vela,
los desplantes,
las ausencias.

Le voy a cobrar a tu piel todo lo que otros corazones no supieron cuidarme ni arroparme, todo ese frío que se me calaba en los huesos en pleno agosto. Todo ese desdén de cada abandono en cada portal, en cada andén, en cada terminal de aeropuerto.

Vas a pagar por todas las veces que mi voz se apagó, por todas la veces que se cansó y avistó causas perdidas donde mis ojos solo veían esperanza. 

Vas a pagar por todas las sábanas a las que prendí fuego por no desprenderse del olor que guardaban.

Y no será injusto. 

Porque te voy a brindar todo el amor que otra pieles desaprovecharon.

Porque si has decidido quedarte a dormir al lado de un alma con tantas magulladuras es porque, realmente, mereces que todo ese rencor que de a poco iba consumiéndome se convierta en fe.

Fe.

En ti.

Borrando de mi epidermis las huellas y cicatrices de otras guerras, sin tiritas, sin vendas. 

Con fe.

En tu boca.

Apartando el miedo a los dejavú.

Con fe.

En tus manos.

Y queriendo de nuevo sin filtros, sin topes, sin frenos. Apostando todo al negro de tu melena. 

Con fe.

En nosotros.

Vas a cobrarte todo el amor que tengo guardado
se me antoja
poca cosa
para el arte que
significa ver
brillar
tus 
ojos.

miércoles, 9 de marzo de 2016

De lejos

Me miró,
me mimó,
me recompuso,
me reprendió,
me abrazó.

Me miró como nos miran quienes nos quieren aprender, desde la más bonita de nuestras risas hasta el más oscuro de nuestros secretos.

Me mimó como nos miman quienes no se preocupan del tiempo. Como lo hacen quienes ven en nosotros el frío que nos falta y no el calor que ellos añoran.

Me recompuso como lo hacen quienes no esperan que te quedes después, a sabiendas de la cantidad de injusticias que un corazón maltratado puede cometer con quienes intentan ponerle tiritas. 

Me recompuso con oído y corazón, sin juicios.

Me reprendió como lo hacen las madres, viendo en nosotros todo eso de lo que somos capaces y no logramos.

Y me abrazó de lejos, probablemente sin ella saberlo. 

Me abrazó tan fuerte que, desde entonces, yo ya no quiero soltarme.

martes, 8 de marzo de 2016

Suertes

He vuelto sobre mis pasos, ahora menos pesados, más libres, más firmes, para quizá mirar con otro prisma toda la rutina que me rodeaba hace poco más de 365 días. 

Y he sonreído. 

En aquellos días los raíles de metal y la contaminación torpedeaban mi vida de una forma tan abismal que me impedían ver un poquito más allá. Justo eso que es lo que a mi me gusta. Alongarme a la vida, asomarme con riesgo al balcón. Me quedaba detrás de las cortinas y pocas veces fui capaz de ver atardeceres entre edificios que pudieran ser artífices de alguna historia que mereciera la pena contar. 

He tenido la suerte de poder juntar mis dos mejores relatos. De reunirlos en una mesa, rodearlos de cervezas y disfrutar de dos mundos que, apreciándolos bien, se complementan de tal manera que me vuelvo a cuestionar si los merezco. 

Y llegará el día en el que, seguramente más viejo, con alguna cana en el pelo o algún problema irremediable de calvicie, me diga a mi mismo que todo esto que nunca pude entrelazar eternamente me dio la vida en dos lugares antagónicos. 

Y esa será mi mayor, y mejor, suerte;

Tener un tesoro a cada lado del océano Atlántico. 

domingo, 28 de febrero de 2016

Andrés

He visto cantar a Andrés, de nuevo.

Y como si fuera la primera vez.

Como cuando te enamoras cada mañana de la mujer que se despereza al otro lado de tu cama, como cuando se emociona el niño cada día 6 de enero.

He visto hacer arte a Andrés, de nuevo.

Y uno, que de vez en cuando se cree artista durante cinco minutos, llora mientras escucha Rosa y Manuel. Y la mano que me sostiene al lado sabe que solo Andrés es capaz de poner a hervir mi corazón con un fuego que sigue luchando por no apagarse.

Ella que cada día nos recordaba cuan fuerte podíamos llegar a ser.

Ella que cada noche nos recordaba cuantos sueños podríamos convertir en realidad solo con una pizca más de coraje.

Ella, una de las mujeres de mi vida.

He visto a Andrés conquistar una sala, de nuevo.

Corazones, risas, lágrimas, abrazos. Todo era suyo.

Y, como siempre, al acabar lo hizo nuestro.

Gracias, Andrés.

miércoles, 17 de febrero de 2016

Oscuridad

Llevo tres horas sumido en la oscuridad de mi hogar, ayudándome de una linterna y dos velas que están a punto de exhalar su última llama. Aferrándose a esa mecha, como si quisieran resguardarme del viento que azota con fuerza todas las ventanas de mi casa. 

Mi gato tiene miedo, o adivina el miedo en mis ojos. Lleva casi tres años conmigo y todavía no sé si soy yo el que le protege o, en cambio, es él el que viene a brindarme apoyo cuando sabe que lo necesito. Y cuando no, también. Me transmite el amor que un ser humano necesita cuando ha comenzado a perder la fe en las personas. Nuestras mascotas nos ayudan a no darnos por vencidos, de eso estoy seguro. 

Llevo tres horas de paz forzada, de silencio. De calma. Porque a veces es tan necesaria como respirar, aunque no recurramos a ella sino cuando estamos a borde de un precipicio. 

Quizás esa calma fue la que me faltó para decir adiós cuando todavía no era demasiado tarde. Por la incertidumbre y el miedo a echar de menos a alguien que me echaba de más. Por creer, cual necio, que podría controlar esta sinrazón. 

Una vez más, me equivoqué. 

Como lo he hecho tantas veces. 

Estoy tranquilo, sereno. Ese lastre que me encogía el pecho y provocaba que no apreciara el reflejo de mi espejo ya no está.

Soy mucho más. 

A veces solo es necesario un rato de oscuridad para darse cuenta de todo lo que uno es capaz de brillar. 

Y no dejen nunca que nadie les ahogue el brillo.