martes, 17 de diciembre de 2019

Realidad

Me hablan de objetividad al describirte,
porque no te miro como ellos,
porque ellos no saben mirarte como lo hago yo. 
Que el amor me ciega la razón,
y no es justo,
ni real. 
Que me digan qué es más real que observarte, a secas. 

Porque te he mirado con afecto,
te he mirado con cariño,
te he mirado con decepción,
te he mirado con el amor más profundo. 

Y con el dolor,
la rabia,
el coraje,
el desdén,
el abandono. 

Te he observado perenne,
fugaz,
te he observado ausente,
porque no era yo el que querías que estuviera ahí. 

Te he mirado con filtros,
sin ellos,
y siempre veo la misma silueta.
El mismo corazón. 
La misma piel. 

Y yo sé como lates. 
Y yo sé como sabes.

Que me digan qué hay más real que eso.

Me hablan de objetividad al describirte,
que no veo tus descosidos,
que no veo tus grietas.

Como si amarlas como hago con tus virtudes fuera obviarlas. 

Como si amarte te convirtiera en ficción. 

Por aquella sensación de que quien no te vive
no
podrá
nunca
saber
que
superas
cualquier
fantasía. 

lunes, 9 de diciembre de 2019

Señales

Entendí mal las señales;

nunca debí escribir tanto,

ni a nadie.

Solo debía leer.

Me.

Ay, cabrón. 

Has querido cumplir siempre las expectativas que ponían sobre ti
sobre tus manos,
sobre tu piel,
sobre tu corazón,
y solo tenías que cumplir las tuyas.

Las de nadie más.

Y ahora vives libre de cuentos
libre de sueños
desnudo.

Ahora entiendes las señales.

Siempre eras tú quien acudía al rescate
mientras tu alma se ahogaba.

Ahora eres tú el que no tiene prisas
el que pone el modo crucero
y se limita a disfrutar de las vistas

ella riendo, por ejemplo.

y qué vistas.

Ahora que vives libre de cuentos,
libre de sueños
desnudo,
no buscas quien te quite la ropa,
sino a quien no huya al ver tus cicatrices.

Ahora que te quedan menos letras por escribir
prefieres tomarte tu tiempo para leer,
como dice Marwan;


tu cuerpo en braille 
con las luces apagadas

miércoles, 16 de octubre de 2019

Dieciséis

Ya van dieciséis, mamá.

Mi número de la mala suerte.

Si en aquel frío enero del año 2000 me hubiesen dicho que el dieciséis iba a convertirse en algo más que nuestro número de la calle, igual hubiese preferido no crecer, dividirlo entre dos y quedarme con la mitad en Garajonay.

Yo, que no creo en las supersticiones, le tengo pánico a los jueves, al número dieciséis y a los años impares.

Es mi veneno emocional.

Yo, que no creo en las casualidades, me he topado con varios números quince que me endulzan el mal trago de quien le sucede.

Como si la vida me dijera; 'tranquilo, chaval, tampoco es para tanto y la vida es tremendamente bonita’.

Ya van dieciséis, mamá. Tu ausencia va camino de la mayoría de edad y yo sigo siendo el niño que quería darle patadas a un balón y señalar al cielo después de marcar gol.

Estoy feliz, mamá. Seguro de quien soy, de a donde voy y del camino que debo escoger. Muchos dicen  la bondad te trae más problemas de los que te soluciona, y yo creo que, precisamente, ese es el problema. La bondad está tan infravalorada que, en ocasiones, la gente valora más lo vil.

Dieciséis, y todavía me pregunta la gente cómo hemos hecho para crecer como lo hemos hecho mi hermano y yo. No hay trucos para eso, pero considero que tenerte tan presente siempre ha sido el motor de nuestras vidas.

Espero que estés orgullosa de nosotros, ese es nuestro único afán.


sábado, 14 de septiembre de 2019

Miedos

La gente que dice que no tiene miedo supongo que, en realidad, se refiere a que no los conoce.

Siempre hay algo que nos para los pies.

Lo cual no significa, necesariamente, que no seguirás avanzando. Simplemente te frena.

Te pone en alerta.

Te reta.

Te mide.

Suena valiente, de alma coraje, decir aquello de; 'yo no tengo miedo'.

Estarías muerto. Inerte.

Pero no es como suena.

Es el significado del miedo.

Sentir.
Sentir.
Sentir.
Sentir.

En ese verbo se resume todo.

Los miedos van intrínsecos en el ser humano. Le tenemos miedo a lo que no conocemos.

Miedo a lo que conocemos y nos hace daño.

Miedo a perder lo que conocemos y amamos.

Miedo a no conocer lo que nos puede dar felicidad.

Perdona que te diga, si no tienes miedo no perteneces a este mundo.

Y ocurre que, a veces, nos parapetamos en esa falsa valentía, amarrados de soledad por los cuatro costados, porque nos da pánico,
nos aterra,
nos acongoja,
toparnos con algo que nos haga sentir vivos de nuevo y que podamos perder.
O que nos haga daño.
Que nos haga trizas el abdomen cuando se vaya.

Pero perdona que te diga, no es que no tengas miedos; es que tienes tantos que huyes de ellos.

Sentir.
Sentir.
Sentir.
Sentir.

Y volver a sentir.

Una y otra vez
                          y otra
                                     y otra 
                                                 y otra
                                                           y otra...


viernes, 16 de agosto de 2019

No te desvíes

No te desvíes.

Porque te harán creer que este no es el camino. Porque no es el que suele tomar el resto de la gente.

Hay atajos.

Pero no te desvíes.

Te dirán que ahorrarás tiempo y,
joder,
no hay mejor herramienta para crecer que el paso irremediable de los días
de los años
y de los daños.

Frente a ti un muro
y a tu espalda el abismo de lo que ya no se puede enmendar.

Como una metáfora de que lo que rompes
da igual como lo vuelvas a pegar,
que, aunque midas milimétricamente cada trocito, siempre quedarán grietas por donde se cuele el aire,
el frío,
los recuerdos
y el dolor.

No te desvíes.

Vas a perder.

Vas a perder muchas cosas en el camino. Vas a perder brazos, abrazos, corazones y razones.

Pero                               
                                                                 te
                                    no
                                                                                        desvíes.

Porque hay una sola cosa que no puedes perder
y te va a resultar obvio después de todo;

a ti mismo.


Observa tus heridas. Tal vez ellos no las tienen.

Pero ahora tómate un segundo.

Y observa tu corazón.

Ese, ese seguro que ellos no lo tienen.