martes, 1 de marzo de 2022

Inexorable

Hola, mamá, ¿cómo estás? 

La cosa ahí fuera sigue malita, pero todavía hay quienes creen estar por encima del bien y el mal, usando la picaresca. 
¿Sabes?
Me pregunto muchas veces qué sería de nosotros si nos olvidáramos de querer ser siempre más ‘listos’ que el de al lado. 
¿Tú crees que aprenderíamos más? 
Yo también. 

La gente quiere ir siempre un pasito por delante y ahí pierdes la perspectiva del paisaje que te rodea y, cuando llegues, 
quizás el primero, 
antes que ninguno e, 
irremediablemente a veces, 
también abandonado,
te darás cuenta que no habrá merecido la pena.

Y no, mamá. La gente no saber vivir a solas.
 
Nos han educado para repudiar la soledad, para buscar en quienes resguardarnos cuando hay tormenta, pero se han olvidado de adecentar el hogar que llevamos a cuestas cada uno de nosotros.

Y me resulta desesperanzador.

Yo no tuve elección, ya lo sabes.

Tu marcha y mis complejos me empujaron a una soledad elegida a dedo que,
después de tantos años, 
ha sido mi salvavidas en estos dos últimos.

Lo inexorable del paso del tiempo es que cada vez estás más acompañada ahí arriba, ¿quién nos lo iba a decir? 

Abraza a nuestro primo, abrázalo como no supimos hacerlo nosotros aquí. 

Y a nuestro tío. Abrázalo porque sé de buena tinta cuanto te echaba de menos.

Como lo seguimos haciendo nosotros aquí, mamá.

Tenemos que seguir, ¿sabes?

Aunque cueste, aunque esta vida maldita siga empeñada en vernos caer.

Estaremos bien, te lo prometo.

Yo no sé cómo lo haré, mamá. 

Pero lo haré.

lunes, 14 de febrero de 2022

En bicicleta

En realidad, todo esto es bastante parecido a cuando comienzas a montar en bicicleta.

Al principio, con ruedines que te ayudan a no caerte.

Con los años, los quitas porque entiendes que sabes mantener el equilibrio.

(Mentira)

Porque te caes.

Una vez. Y otra. Y otra.

Algunos te dicen:

"Por ahí no, que te vas a hacer daño".

Pero no haces caso.

Hasta que vas y zas; efectivamente, te haces daño.

Y creces creyendo que, de tantos golpes, tu piel se ha endurecido tanto que ya no duele,

ni quema.

Mira que me ha puesto palos en las ruedas esta vida maldita,

me quitó los ruedines,

no me dejó usar coderas, ni rodilleras.

Si caía y sangraba; (re)soplar y seguir.

Mira que he conocido todas las maneras habidas, y por haber, de suturar, y supurar, heridas.

No escondo ninguna de mis cicatrices,

no hago tabú ninguna de mis pérdidas,

y, aún así, sigo descubriendo nuevas formas de aflicción.

Pero ahora no es mi dolor el que me dobla,

no es mi dolor el que me deja sin respiración.

Es el dolor de quien me sanó y me cuidó tantas veces

que perdí la cuenta,

y por perder,

he perdido tanto

que, si te vacío los bolsillos,

lo único que me queda es mi piel dada la vuelta.

Abrasada,

como cuando te caes de la bici y has perdido todas las prendas que te protegen del asfalto.

jueves, 25 de noviembre de 2021

Despedidas

Mi madre nos dejó cuando yo tenía doce años. 

No pude despedirme de ella. 

Nunca he querido entrar en quien, o qué, tuvo la culpa de que no lo pudiera hacer. 

Pero siempre he pensado que fue la esperanza. 

La esperanza de que volviera curada a Lanzarote. 

El tiempo se adelantó y se llevó por delante a mi madre

Una de las últimas conversaciones que tuvimos fue sobre fútbol y sobre cómo debemos entender la victoria y la derrota según las circunstancias. 

En esa conversación me habló de que, a veces, incluso dándolo todo, perderemos. 

Y no va a pasar nada. 

Porque te levantarás y volverás a intentarlo.

La derrota, siempre, está en el hecho de no empujar con todas nuestras fuerzas.

No le pude hablar de los amores de mi vida. De la cantidad de errores que llevo a mi espaldas. 

Pero tampoco de los besos, de los abrazos y de las veces que me han susurrado cerca del oído y del corazón.

Me hubiese gustado saber su opinión sobre cada una de las pieles en las que habité.

No pudo verme volar a Madrid.

Esa ciudad que se quedó un pedacito de ella.

Mi madre se fue cuando yo tenía doce años y,
aunque no pude despedirme de ella,
sigo viendo sus ganas de vivir reflejadas en mis ojos.


jueves, 11 de noviembre de 2021

Pensadero

 Tengo la manía de volver al lugar donde me hicieron daño.

No te hablo de volver a acariciar pieles que "pinchaban", o abrazos que, en lugar de darte aire, te lo arrebataban,

Me refiero al recuerdo.

Desgranar cada momento, aunque hiera.

Comprender por qué alguien hizo lo que hizo.

En ocasiones ese alguien también pude ser yo, salvo que no me hubiese dado cuenta si no echo la vista atrás.

Entiendo al que tiene miedo de observar su pasado, por aquello de añorar emociones que ya no volverán jamás.

Y que duela. Porque siempre duele.

Pero para mí siempre ha sido necesario.

Comenzó así, siendo una necesidad para recordar cuando ella me llamaba 'pimpollo' y, a medida que iba avanzando el tiempo, se convirtió en un examen emocional al que me someto constantemente.

Para evitar las piedras de siempre.

Las propias y las ajenas.

Porque, en el fondo y entre tanta hiel, siempre hay resquicios de felicidad embotellada en una lágrima.

jueves, 14 de octubre de 2021

Mayoría de edad

Hola, mamá.

Tu ausencia sigue doliendo como una astilla alojada dentro del pecho,
la gente suele creer que el tiempo lo cura y lo soluciona todo. 

Nunca he sido capaz de ayudarles a entrar en razón.

La gente cree que uno supera el dolor de una ausencia como la tuya, que la herida cicatriza y, simplemente, sigues avanzando. 

Porque la sociedad te vende que hay que seguir a pesar de.

A pesar de todo,
a pesar de que tú ya no.

En el fondo creo que no quieren entrar en razón.

Porque no quieren aceptar que hay heridas que no cicatrizan, 
que a pesar del tiempo,
de los remedios,
de las terapias,
hay ausencias que se quedan viviendo dentro de uno mismo,
por los siglos,
de los siglos.

Sabes, no nos educan a convivir con la tristeza.
Como si fuera un virus que hay que erradicar, en lugar de enseñarnos a cogerla de la mano y entenderla.
A admitir que está ahí.
Y que, a veces, no se marcha.
En ocasiones se esconde, 
se apaga, 
se duerme,
pero cuando despierta de su letargo caminamos por la vida como si fuéramos un sonajero de dolor.

Nos abrazan y se escuchan todos nuestros pedazos rebotando por dentro.
 
Yo llevo cogida de la mano a mi tristeza desde aquel octubre de 2003

¿Sabes, mamá?

Tu ausencia acaba de cumplir la mayoría de edad,

y no, 

no tiene pinta de que vaya a independizarse de mi pecho el dolor que me produce.