lunes, 23 de mayo de 2022

Trigésima primera

Estoy completando mi trigésima primera vuelta al Sol,
y, aunque debería estar acostumbrado,
me sigo mareando al acabar.

No sé si es el calor,
la piel que se me ha ido desgarrando de a poquito,
los huecos que van apareciendo en el alma,
o lo repetitivo que se vuelve todo cuando miro atrás.

Quizás es el dolor,
que a modo de seguidilla no me ha dejado respirar.

Quizás es el peso irremediable que el paso del tiempo va depositando en mis hombros,

(Al tiempo le da igual cuando empezó a colocar baldosas emocionales en tu chepa)

No nos da una puta tregua.

O sí.

Es el lunes de mi trigésima primera vuelta al Sol,
como si fuera una metáfora de un nuevo comienzo.

Aquel que, por diferentes vicisitudes, la vida nos arrebató.

Si hubiésemos escuchado un poco más,
o mejor,
o quizás otras voces que no hablasen desde el rencor.

Ahora que comienzo a tener más velas que soplar,
empiezo a notar cómo de necesario es el aire de quien,
un día, y durante toda su vida,
me enseñó a caminar.




martes, 22 de marzo de 2022

Triaje

Llevo desde los doce años gestionando la tristeza, el dolor y los baches prácticamente solo.

Porque quiero, todo hay que decirlo.

Si hablo de las manos que me sujetan, seguro, muchos se preguntarían por qué decido abrazar la soledad cada vez que tengo ocasión.

En la soledad es donde encuentro, casi siempre, la paz que necesito cuando hay mucho ruido fuera. 

Y de un tiempo a esta parte hay demasiado ruido que no me deja avanzar, ni curar, ni nada.

Llevaba dos años aplacando el ruido, con lo que ello conllevaba y la situación que estaba viviendo todo el mundo. 

Me centré en eliminar el ruido exterior y explotó una bomba sónica dentro de mí. 

No sé si me explico. 

Por una parte me siento bien porque, a pesar de todo eso, sané algunas heridas. 

Pero hay otras que no sanan y nadie las puede suturar.

Salvo yo. 

Más que nada porque nunca he llevado demasiado bien que me toquen las heridas y que escueza. 

Mi triaje particular está en funcionamiento y,

sintiéndolo mucho,

hay accidentes a los que no estoy dispuesto a darles prioridad.

martes, 1 de marzo de 2022

Inexorable

Hola, mamá, ¿cómo estás? 

La cosa ahí fuera sigue malita, pero todavía hay quienes creen estar por encima del bien y el mal, usando la picaresca. 
¿Sabes?
Me pregunto muchas veces qué sería de nosotros si nos olvidáramos de querer ser siempre más ‘listos’ que el de al lado. 
¿Tú crees que aprenderíamos más? 
Yo también. 

La gente quiere ir siempre un pasito por delante y ahí pierdes la perspectiva del paisaje que te rodea y, cuando llegues, 
quizás el primero, 
antes que ninguno e, 
irremediablemente a veces, 
también abandonado,
te darás cuenta que no habrá merecido la pena.

Y no, mamá. La gente no saber vivir a solas.
 
Nos han educado para repudiar la soledad, para buscar en quienes resguardarnos cuando hay tormenta, pero se han olvidado de adecentar el hogar que llevamos a cuestas cada uno de nosotros.

Y me resulta desesperanzador.

Yo no tuve elección, ya lo sabes.

Tu marcha y mis complejos me empujaron a una soledad elegida a dedo que,
después de tantos años, 
ha sido mi salvavidas en estos dos últimos.

Lo inexorable del paso del tiempo es que cada vez estás más acompañada ahí arriba, ¿quién nos lo iba a decir? 

Abraza a nuestro primo, abrázalo como no supimos hacerlo nosotros aquí. 

Y a nuestro tío. Abrázalo porque sé de buena tinta cuanto te echaba de menos.

Como lo seguimos haciendo nosotros aquí, mamá.

Tenemos que seguir, ¿sabes?

Aunque cueste, aunque esta vida maldita siga empeñada en vernos caer.

Estaremos bien, te lo prometo.

Yo no sé cómo lo haré, mamá. 

Pero lo haré.

lunes, 14 de febrero de 2022

En bicicleta

En realidad, todo esto es bastante parecido a cuando comienzas a montar en bicicleta.

Al principio, con ruedines que te ayudan a no caerte.

Con los años, los quitas porque entiendes que sabes mantener el equilibrio.

(Mentira)

Porque te caes.

Una vez. Y otra. Y otra.

Algunos te dicen:

"Por ahí no, que te vas a hacer daño".

Pero no haces caso.

Hasta que vas y zas; efectivamente, te haces daño.

Y creces creyendo que, de tantos golpes, tu piel se ha endurecido tanto que ya no duele,

ni quema.

Mira que me ha puesto palos en las ruedas esta vida maldita,

me quitó los ruedines,

no me dejó usar coderas, ni rodilleras.

Si caía y sangraba; (re)soplar y seguir.

Mira que he conocido todas las maneras habidas, y por haber, de suturar, y supurar, heridas.

No escondo ninguna de mis cicatrices,

no hago tabú ninguna de mis pérdidas,

y, aún así, sigo descubriendo nuevas formas de aflicción.

Pero ahora no es mi dolor el que me dobla,

no es mi dolor el que me deja sin respiración.

Es el dolor de quien me sanó y me cuidó tantas veces

que perdí la cuenta,

y por perder,

he perdido tanto

que, si te vacío los bolsillos,

lo único que me queda es mi piel dada la vuelta.

Abrasada,

como cuando te caes de la bici y has perdido todas las prendas que te protegen del asfalto.

jueves, 25 de noviembre de 2021

Despedidas

Mi madre nos dejó cuando yo tenía doce años. 

No pude despedirme de ella. 

Nunca he querido entrar en quien, o qué, tuvo la culpa de que no lo pudiera hacer. 

Pero siempre he pensado que fue la esperanza. 

La esperanza de que volviera curada a Lanzarote. 

El tiempo se adelantó y se llevó por delante a mi madre

Una de las últimas conversaciones que tuvimos fue sobre fútbol y sobre cómo debemos entender la victoria y la derrota según las circunstancias. 

En esa conversación me habló de que, a veces, incluso dándolo todo, perderemos. 

Y no va a pasar nada. 

Porque te levantarás y volverás a intentarlo.

La derrota, siempre, está en el hecho de no empujar con todas nuestras fuerzas.

No le pude hablar de los amores de mi vida. De la cantidad de errores que llevo a mi espaldas. 

Pero tampoco de los besos, de los abrazos y de las veces que me han susurrado cerca del oído y del corazón.

Me hubiese gustado saber su opinión sobre cada una de las pieles en las que habité.

No pudo verme volar a Madrid.

Esa ciudad que se quedó un pedacito de ella.

Mi madre se fue cuando yo tenía doce años y,
aunque no pude despedirme de ella,
sigo viendo sus ganas de vivir reflejadas en mis ojos.