¿para qué ir guardando cosas en los bolsillos y en la mochila?
Si va a llegar la vida y te va a zarandear,
Estoy completando mi trigésima primera vuelta al Sol,
y, aunque debería estar acostumbrado,
me sigo mareando al acabar.
No sé si es el calor,
la piel que se me ha ido desgarrando de a poquito,
los huecos que van apareciendo en el alma,
o lo repetitivo que se vuelve todo cuando miro atrás.
Quizás es el dolor,
que a modo de seguidilla no me ha dejado respirar.
Quizás es el peso irremediable que el paso del tiempo va depositando en mis hombros,
(Al tiempo le da igual cuando empezó a colocar baldosas emocionales en tu chepa)
No nos da una puta tregua.
O sí.
Es el lunes de mi trigésima primera vuelta al Sol,
como si fuera una metáfora de un nuevo comienzo.
Aquel que, por diferentes vicisitudes, la vida nos arrebató.
Si hubiésemos escuchado un poco más,
o mejor,
o quizás otras voces que no hablasen desde el rencor.
Ahora que comienzo a tener más velas que soplar,
empiezo a notar cómo de necesario es el aire de quien,
un día, y durante toda su vida,
me enseñó a caminar.
Llevo desde los doce años gestionando la tristeza, el dolor y los baches prácticamente solo.
Porque quiero, todo hay que decirlo.
Si hablo de las manos que me sujetan, seguro, muchos se preguntarían por qué decido abrazar la soledad cada vez que tengo ocasión.
En la soledad es donde encuentro, casi siempre, la paz que necesito cuando hay mucho ruido fuera.
Y de un tiempo a esta parte hay demasiado ruido que no me deja avanzar, ni curar, ni nada.
Llevaba dos años aplacando el ruido, con lo que ello conllevaba y la situación que estaba viviendo todo el mundo.
Me centré en eliminar el ruido exterior y explotó una bomba sónica dentro de mí.
No sé si me explico.
Por una parte me siento bien porque, a pesar de todo eso, sané algunas heridas.
Pero hay otras que no sanan y nadie las puede suturar.
Salvo yo.
Más que nada porque nunca he llevado demasiado bien que me toquen las heridas y que escueza.
Mi triaje particular está en funcionamiento y,
sintiéndolo mucho,
hay accidentes a los que no estoy dispuesto a darles prioridad.
Hola, mamá, ¿cómo estás?
En realidad, todo esto es bastante parecido a cuando comienzas a montar en bicicleta.
Al principio, con ruedines que te ayudan a no caerte.
Con los años, los quitas porque entiendes que sabes mantener el equilibrio.
(Mentira)
Porque te caes.
Una vez. Y otra. Y otra.
Algunos te dicen:
"Por ahí no, que te vas a hacer daño".
Pero no haces caso.
Hasta que vas y zas; efectivamente, te haces daño.
Y creces creyendo que, de tantos golpes, tu piel se ha endurecido tanto que ya no duele,
ni quema.
Mira que me ha puesto palos en las ruedas esta vida maldita,
me quitó los ruedines,
no me dejó usar coderas, ni rodilleras.
Si caía y sangraba; (re)soplar y seguir.
Mira que he conocido todas las maneras habidas, y por haber, de suturar, y supurar, heridas.
No escondo ninguna de mis cicatrices,
no hago tabú ninguna de mis pérdidas,
y, aún así, sigo descubriendo nuevas formas de aflicción.
Pero ahora no es mi dolor el que me dobla,
no es mi dolor el que me deja sin respiración.
Es el dolor de quien me sanó y me cuidó tantas veces
que perdí la cuenta,
y por perder,
he perdido tanto
que, si te vacío los bolsillos,
lo único que me queda es mi piel dada la vuelta.
Abrasada,
como cuando te caes de la bici y has perdido todas las prendas que te protegen del asfalto.