He visto cantar a Andrés, de nuevo.
Y como si fuera la primera vez.
Como cuando te enamoras cada mañana de la mujer que se despereza al otro lado de tu cama, como cuando se emociona el niño cada día 6 de enero.
He visto hacer arte a Andrés, de nuevo.
Y uno, que de vez en cuando se cree artista durante cinco minutos, llora mientras escucha Rosa y Manuel. Y la mano que me sostiene al lado sabe que solo Andrés es capaz de poner a hervir mi corazón con un fuego que sigue luchando por no apagarse.
Ella que cada día nos recordaba cuan fuerte podíamos llegar a ser.
Ella que cada noche nos recordaba cuantos sueños podríamos convertir en realidad solo con una pizca más de coraje.
Ella, una de las mujeres de mi vida.
He visto a Andrés conquistar una sala, de nuevo.
Corazones, risas, lágrimas, abrazos. Todo era suyo.
Y, como siempre, al acabar lo hizo nuestro.
Gracias, Andrés.
domingo, 28 de febrero de 2016
miércoles, 17 de febrero de 2016
Oscuridad
Llevo tres horas sumido en la oscuridad de mi hogar, ayudándome de una linterna y dos velas que están a punto de exhalar su última llama. Aferrándose a esa mecha, como si quisieran resguardarme del viento que azota con fuerza todas las ventanas de mi casa.
Mi gato tiene miedo, o adivina el miedo en mis ojos. Lleva casi tres años conmigo y todavía no sé si soy yo el que le protege o, en cambio, es él el que viene a brindarme apoyo cuando sabe que lo necesito. Y cuando no, también. Me transmite el amor que un ser humano necesita cuando ha comenzado a perder la fe en las personas. Nuestras mascotas nos ayudan a no darnos por vencidos, de eso estoy seguro.
Llevo tres horas de paz forzada, de silencio. De calma. Porque a veces es tan necesaria como respirar, aunque no recurramos a ella sino cuando estamos a borde de un precipicio.
Quizás esa calma fue la que me faltó para decir adiós cuando todavía no era demasiado tarde. Por la incertidumbre y el miedo a echar de menos a alguien que me echaba de más. Por creer, cual necio, que podría controlar esta sinrazón.
Una vez más, me equivoqué.
Como lo he hecho tantas veces.
Estoy tranquilo, sereno. Ese lastre que me encogía el pecho y provocaba que no apreciara el reflejo de mi espejo ya no está.
Soy mucho más.
A veces solo es necesario un rato de oscuridad para darse cuenta de todo lo que uno es capaz de brillar.
Y no dejen nunca que nadie les ahogue el brillo.
sábado, 30 de enero de 2016
Bloqueo emocional
De a poco has ido cogiendo una extraña forma inerte, que te impide ver más allá de las risas que te provocan los demás, como si ya no hubiera nada que despertase en ti la pasión de antaño.
Paseas por la calle sin saber muy bien a donde vas, ni lo que buscas. Y, sobre todo, no tienes ni idea de lo que quieres encontrar.
Quizás a ti, de nuevo.
Sigues escuchando la misma música de siempre, sumando algún tema que de improvisto ha aparecido para torpedearte las madrugadas.
Y las mañanas.
Y las tardes.
Y las noches.
Como si no tuvieras suficiente.
Has vuelto a ver películas románticas. Sí. Justo ahora que has dejado de creer que todas esas mierdas existen.
En el fondo nunca dejas de creer, pero bueno. Te intentas engañar.
Y así prosigue tu vida, mientras intentas arreglar el desaguisado que provoca el paso del tiempo en personas que te lo han dado todo durante toda tu vida.
Pero por algo, o por alguien, ya no hay hueco para nada más.
Ya no te emocionan unos ojos,
ni unas manos,
ni unas piernas andando delante de ti dejando huellas en la arena de la playa.
Ya no hay ningún corazón que te erice la piel.
martes, 12 de enero de 2016
Espejismo sentimental
Ahí estaba yo, abandonado en mi particular desierto. Sin prisas. Sin el agobio del que no encuentra agua, ni comida. Sin la presión del silencio que aporreaba mi pecho cada noche.
Solo.
Con una soledad elegida a dedo. De esas que uno acoge para quererse un poquito más y, sobre todo, mucho mejor. De esas que uno necesita para crecer un poquito más, vivir mejor, abrazar mejor... Todo iba a mejor.
Hasta que apareció un oasis.
En mitad de aquel desierto, un lago enorme de ilusión que aparecía para saciar una sed que, en realidad, nunca tuve. Palmeras para cobijarme del fuego que suponía cargar conmigo a cuestas bajo la luz del Sol. Sus hojas, para abrigarme del frío cuando la Luna se alzaba al anochecer.
Me creí dichoso.
¿Qué hacía yo antes de ti?
Saber vivir. Saber mirar hacia delante. Quitarme el frío con mi amor propio que, aunque no lo creas, un día me sustentó.
Me creí afortunado.
Y resultaste ser un espejismo sentimental de esos que hacen trizas.
Ni lago, ni palmeras, ni sus hojas.
Resultaste ser más arena. Más desierto.
Un organismo inerte.
Incapaz.
Solo.
Con una soledad elegida a dedo. De esas que uno acoge para quererse un poquito más y, sobre todo, mucho mejor. De esas que uno necesita para crecer un poquito más, vivir mejor, abrazar mejor... Todo iba a mejor.
Hasta que apareció un oasis.
En mitad de aquel desierto, un lago enorme de ilusión que aparecía para saciar una sed que, en realidad, nunca tuve. Palmeras para cobijarme del fuego que suponía cargar conmigo a cuestas bajo la luz del Sol. Sus hojas, para abrigarme del frío cuando la Luna se alzaba al anochecer.
Me creí dichoso.
¿Qué hacía yo antes de ti?
Saber vivir. Saber mirar hacia delante. Quitarme el frío con mi amor propio que, aunque no lo creas, un día me sustentó.
Me creí afortunado.
Y resultaste ser un espejismo sentimental de esos que hacen trizas.
Ni lago, ni palmeras, ni sus hojas.
Resultaste ser más arena. Más desierto.
Un organismo inerte.
Incapaz.
lunes, 14 de diciembre de 2015
Despacio.
Me he levantado despacio,
para no alterar la poesía que hay en mi cama.
Una poesía desnuda,
sinuosa,
vibrante,
de esas que generan contracturas cervicales cuando las ves pasar.
Me he levantado despacio
y frente a los pies de mi cama
he recordado la rima de su brasier
con el verde de sus ojos.
Me he levantado despacio
observando la superstición de sus piernas cruzadas,
luchando para que no se escape mi suerte.
Me he levantado despacio,
abrazando al silencio que llena el cuarto,
afinando el oído,
prendándome de su respiración acompasada,
debatiéndome entra abrazarla y la muerte.
Me he vuelto a acostar despacio,
sin romper su calor,
sumando mi piel a su ecuación,
sumando su paz al resultado final
de mi salvación.
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