miércoles, 16 de octubre de 2019

Dieciséis

Ya van dieciséis, mamá.

Mi número de la mala suerte.

Si en aquel frío enero del año 2000 me hubiesen dicho que el dieciséis iba a convertirse en algo más que nuestro número de la calle, igual hubiese preferido no crecer, dividirlo entre dos y quedarme con la mitad en Garajonay.

Yo, que no creo en las supersticiones, le tengo pánico a los jueves, al número dieciséis y a los años impares.

Es mi veneno emocional.

Yo, que no creo en las casualidades, me he topado con varios números quince que me endulzan el mal trago de quien le sucede.

Como si la vida me dijera; 'tranquilo, chaval, tampoco es para tanto y la vida es tremendamente bonita’.

Ya van dieciséis, mamá. Tu ausencia va camino de la mayoría de edad y yo sigo siendo el niño que quería darle patadas a un balón y señalar al cielo después de marcar gol.

Estoy feliz, mamá. Seguro de quien soy, de a donde voy y del camino que debo escoger. Muchos dicen  la bondad te trae más problemas de los que te soluciona, y yo creo que, precisamente, ese es el problema. La bondad está tan infravalorada que, en ocasiones, la gente valora más lo vil.

Dieciséis, y todavía me pregunta la gente cómo hemos hecho para crecer como lo hemos hecho mi hermano y yo. No hay trucos para eso, pero considero que tenerte tan presente siempre ha sido el motor de nuestras vidas.

Espero que estés orgullosa de nosotros, ese es nuestro único afán.


sábado, 14 de septiembre de 2019

Miedos

La gente que dice que no tiene miedo supongo que, en realidad, se refiere a que no los conoce.

Siempre hay algo que nos para los pies.

Lo cual no significa, necesariamente, que no seguirás avanzando. Simplemente te frena.

Te pone en alerta.

Te reta.

Te mide.

Suena valiente, de alma coraje, decir aquello de; 'yo no tengo miedo'.

Estarías muerto. Inerte.

Pero no es como suena.

Es el significado del miedo.

Sentir.
Sentir.
Sentir.
Sentir.

En ese verbo se resume todo.

Los miedos van intrínsecos en el ser humano. Le tenemos miedo a lo que no conocemos.

Miedo a lo que conocemos y nos hace daño.

Miedo a perder lo que conocemos y amamos.

Miedo a no conocer lo que nos puede dar felicidad.

Perdona que te diga, si no tienes miedo no perteneces a este mundo.

Y ocurre que, a veces, nos parapetamos en esa falsa valentía, amarrados de soledad por los cuatro costados, porque nos da pánico,
nos aterra,
nos acongoja,
toparnos con algo que nos haga sentir vivos de nuevo y que podamos perder.
O que nos haga daño.
Que nos haga trizas el abdomen cuando se vaya.

Pero perdona que te diga, no es que no tengas miedos; es que tienes tantos que huyes de ellos.

Sentir.
Sentir.
Sentir.
Sentir.

Y volver a sentir.

Una y otra vez
                          y otra
                                     y otra 
                                                 y otra
                                                           y otra...


viernes, 16 de agosto de 2019

No te desvíes

No te desvíes.

Porque te harán creer que este no es el camino. Porque no es el que suele tomar el resto de la gente.

Hay atajos.

Pero no te desvíes.

Te dirán que ahorrarás tiempo y,
joder,
no hay mejor herramienta para crecer que el paso irremediable de los días
de los años
y de los daños.

Frente a ti un muro
y a tu espalda el abismo de lo que ya no se puede enmendar.

Como una metáfora de que lo que rompes
da igual como lo vuelvas a pegar,
que, aunque midas milimétricamente cada trocito, siempre quedarán grietas por donde se cuele el aire,
el frío,
los recuerdos
y el dolor.

No te desvíes.

Vas a perder.

Vas a perder muchas cosas en el camino. Vas a perder brazos, abrazos, corazones y razones.

Pero                               
                                                                 te
                                    no
                                                                                        desvíes.

Porque hay una sola cosa que no puedes perder
y te va a resultar obvio después de todo;

a ti mismo.


Observa tus heridas. Tal vez ellos no las tienen.

Pero ahora tómate un segundo.

Y observa tu corazón.

Ese, ese seguro que ellos no lo tienen.



miércoles, 31 de julio de 2019

Tiempo

Te rompiste en mil pedazos.

Los dejaste esparcidos por el suelo.

La gente se echó las manos a la cabeza, te señaló por los daños colaterales.

Te juzgaron.

Pero la vida tiene estas cosas, el tiempo pasa. No espera. No frena. No se detiene.

Y los daños colaterales dejaron paso a la esperanza. Y los pedazos ya han vuelto a su sitio. Nadie te señala después de la resurrección.

La partida que rescató un alma cuando todo el mundo pensaba que la destrozaba.

Y no hay nada que aplaudirte, como tampoco hubo nada que reprocharte; pero eso sí lo hicieron.

La fea manía de los tópicos impuestos que nos dictan que solo podemos mirar el siguiente paso que damos, sin entender que haciéndolo siempre así, cuando estés en el precipicio, ya será demasiado tarde.

martes, 18 de junio de 2019

La vida jode

La vida, sabes.

Nos pasamos la infancia escuchando como defendernos de los que nos hace daño,
como afrontar las caídas,
como encajar los golpes,
salta,
esquiva,
levántate que desde el suelo no se puede luchar.

La vida, sabes.

Pero no nos enseñaron a afrontar despedidas,
a tener que vivir sin abuelo,
sin mamá.

'No le hables de la muerte, que es demasiado pequeño'.

Y a los tres años ya miraba las estrellas buscando cuál era la que más brillaba.

La vida, joder.

Siempre buscando respuestas en el cielo, en las estrellas, en la luna. Porque el ser humano evita hablar de lo que duele.
Solo lo hacemos después. Cuando el daño está hecho y las palabras solo pueden ser un falso bálsamo que alivie la pena.

La vida jode.

Sin coma. En primera persona.

La vida hace daño y no nos preparan para eso de pequeños.

Porque debemos crecer y lo debemos hacer poco a poco.

Pero la muerte llega de golpe, corazón.

Mientras completas un estiramiento a mil seiscientos kilómetros de quien cierra los ojos por última vez.

Nos pasamos la infancia queriendo crecer, porque pensamos que nada se acaba, porque no nos enseñan a disfrutar de lo que un día vamos a perder.
Y lo sé, un niño debe crecer feliz sin tristezas que le agrien el corazón, pero si a mi me hubiesen avisado,
si a mi me hubiesen avisado
hubiera hecho pellas,
cogido un avión,
me habrían expulsado del colegio
y el último abrazo que no di
no sería hoy un anhelo.