viernes, 16 de octubre de 2020

Carta a mi madre III

Diecisiete ya, mamá. 

A mí apenas me quedan ya letras, ¿sabes? Pero las pocas que tengo las guardo arropaditas, como si de un tesoro se tratase, para quienes de verdad quieran leer(me).

Ya desperdicié demasiada tinta, mamá. 

Y demasiada piel.

Diecisiete, mamá. 

Pero yo sé que este año es diferente, te noto más sonriente de lo normal. Supongo que ese abrazo reparador, del corazón y los ojos que te criaron, han hecho que ahí arriba bailen las estrellas.

Sigue bailando, mamá.

Aquí las cosas andan revueltas, pero estaremos bien.

Como siempre hacemos.

Como tú nos enseñaste.

Como siempre logramos.

Diecisiete, mamá.

viernes, 18 de septiembre de 2020

Carta a mi abuela

Hola abuela, ¿cómo te han recibido ahí arriba?

No veas lo contentos que estarán abuelo, Eduardo y mamá. 


Estoy seguro de que te echaban de menos, tanto como lo haremos nosotros a partir de ahora. 


Sé que, aun con tu memoria irreparable, esperaste a que todos nos pudiéramos despedir de ti. 


Como si esa fuera la última batalla que estabas dispuesta a librar.


Que todos tuviéramos la oportunidad de pedirte perdón y darte las gracias. 


Mira que superaste calamidades en la vida,  y yo no recuerdo escucharte una sola queja de lo dura que se estaba poniendo. 

Incluso en las despedidas, siempre abrías el paraguas y recordabas lo más importante de las personas que se marchaban; 


el amor que nos teníamos. 


Te marchaste como viviste:


Sin quejas, sin aspavientos. 


No te haces una idea de las enseñanzas que escondía tu vida,

ni de las que esconde tu partida.


Sobre todo en un momento como este.


Haremos lo que podamos aquí, abuela. 


Me tranquiliza saber que mamá no volverá a pasar frío allá arriba, 

que cogerás las estrellas y le harás una rebequita con el firmamento.


Descansa abuela, nosotros estaremos bien.


Te lo prometo. 

jueves, 27 de agosto de 2020

No(s)otros.

Hablemos de nosotros, sin nosotros. 


De como te has ido arrimando a hombres que nunca fueron más que conatos de un hogar que, todavía hoy, sigues buscando. 


De como he cerrado las puertas de mi corazón de par en par, 

por aquello de repetir errores que no estoy dispuesto a subsanar. 


Hablemos de ti, sin mí. 


De como has florecido tras el dolor y las ruinas. 


Hablemos de mí, sin ti. 


De como el tiempo me sonrió afín. 


Hablemos de nuestras razones, en detrimento de nuestros corazones. 


Que no, no siempre el amor todo lo puede. 


O sí. 


Si la solución es decir adiós a tiempo. 


Hablemos de nuestros corazones, que siguen latiendo gracias a nuestras razones. 


Desmitificando aquello de que no están unidos. 


Supongo que todos aquellos que dicen eso de que el corazón tiene razones que la razón desconoce, perdóname Blaise, es porque nunca ha hecho el esfuerzo de entender nuestros latidos. 


Y si algo hicimos bien los dos fue, precisamente, entender los latidos el uno del otro. 


Hablemos del futuro. 



Ojalá él sepa leer tus latidos.




lunes, 27 de julio de 2020

Vacío

Sabes perfectamente que es cierto que existe un vacío en tu interior,
aunque probablemente no estés dispuesto a llenarlo, 
no, de momento. 

Muchos rehacen sus vidas llenando sus vacíos, 
con otras personas,
con viajes,
con un trabajo nuevo.

Pero tú y yo sabemos que no eres de esos. 

Para ti, rehacer tu vida nunca ha sido depositar tus esperanzas en una nueva relación que tire de ti,
esa responsabilidad no puedes depositarla en cualquiera. 

Ni, tampoco, has sido de recorrer mundo. Aunque te arrepientas de no haber abierto más las alas. 

Para ti mejorar laboralmente nunca ha sido cuestión monetaria, sino de valores. 

Qué complicado, ¿eh?

Para ti, rehacer tu vida nunca ha sido coser las heridas con amores de un rato, con caricias caducas. 

Como si la soledad quemase.

Para ti, rehacer tu vida, siempre ha tenido más de cómo,
en lugar de con quién. 

Porque siempre piensas que quien llegue y vea todos tus trozos va a salir despavorida.

Y es normal. 

Sabes lo complicado que es volver a colocar todo en su sitio. 

Por eso te empeñas en alejarte, en sanarte en soledad. 

Lo has conseguido tantas veces. 

Que siempre piensas que “esta será la última”. 

Pero no. 

Porque que fuese la última solo significaría que no ha vuelto a llegar,
ni a quedarse,
nadie. 

Por ineptitud emocional.

Tuya, claro. 

Estás dispuesto a rehacerte
y a quebrarte 


todas las veces que hagan falta. 

domingo, 5 de julio de 2020

Abraza

Que también es bueno recordar que hablar, 
o escribir, 
sobre lo que nos duele sin miedo a parecer débiles, 
tiene enzimas cicatrizantes. 

Porque la gente va por ahí tratando al dolor y al duelo como una tara, 
como una flaqueza que no nos podemos permitir en esta sociedad inquieta e inconformista. 

Habría que verlos a solas. 

Que hay que tenerlos muy bien puestos para dejar que te vean el alma destrozada. 
Porque ahí si estás dejando, abiertas de par en par, las puertas y ventanales de tu verdad,
de tus fobias. 
Y con eso la gente puede hundirte en la más oscura de las profundidades. 

Tus heridas abiertas, 
de las que nunca quisiste hablar por sentirte culpable. 

Hasta que aprendiste que levantar la mano ante un error, 
cura mejor y más rápido que echar balones fuera. 

Por aquello de no mirar con detenimiento donde tropezaste. 

También es bueno recordar que, 
cuando puedas, 
vuelvas a abrazar. 

Que, 
a veces, 
alguien necesita que le coloques los trozos pero tiene miedo de decirlo. 

Por aquello de espantar con sus tristezas. 

Abraza, 

y abraza tan fuerte que, cuando vuelvan a coger aire, 
ya no queden grietas por donde pueda escaparse.