jueves, 26 de abril de 2018

¿Justicia?

Que no te engañen, que no te mientan. Que no te vendan falsas promesas de que todo en esta vida es justo. Porque te darás cuenta de que no, de que la justicia dista mucho de ser ese páramo ideal donde violentos, machistas e indecentes pagan su pena allí donde nunca sale el sol, donde su alma se agriete y se pudra, por los siglos de los siglos.

Que no te engañen, que no te mientan. 

Que no te hagan creer que en pleno siglo XXI no existe el machismo, ni un sistema patriarcal que ahoga a la víctima, que la convierte en culpable y que protege al agresor. 

Que no nos mientan, joder. 

Que no lo llamen justicia. 

Que no nos engañen.

La justicia es débil, está perdida, diluida en los intereses de unos pocos que buscan acallar la revolución que supone luchar contra el machismo.

Que no nos callen. Sobre todo que no nos callen.

Que justicia será cuando tú, compañera, puedas salir a la calle sin miedo. Vivir sin miedo. Amar sin miedo. Emborracharte sin miedo. Salir de fiesta sin miedo. Recortarte la falda todo lo que tú quieras sin miedo. Volver a casa de madrugada sin miedo.


                               S I N   M I E D O.                                                     

Porque justicia será cuando nadie te vea como un objeto. Que ambos jueguen hasta que tú digas no y sea no de verdad, y ellos lo entiendan y lo acepten y lo respeten.

Joder.

Que te respeten.

Que no nos engañen.

La justicia es débil, está perdida.

Que no nos mientan.

La justicia está en nuestras manos, en nuestras palabras, en nuestro actos. La justicia de una sociedad que siente repulsa de que estas cosas sigan sucediendo y de que el sistema judicial no reparta la pena.

Como pena siento por un país como el nuestro.

Que no te engañen, compañera.


Yo sí te creo.

viernes, 16 de marzo de 2018

Carta a mi padre

Hola papá, hace ya mucho tiempo que no nos sentamos a charlar de cómo nos va, supongo que las meteduras de pata de ambos o, quizá, nuestra cabezonería hereditaria. A veces te echo de menos, y al hijo que fui cuando solo quería crecer.

Sé que no he sido el hijo perfecto, que tenías unas expectativas que nunca cumplí y que, tal vez, siempre fui más impulsivo que cabal. Pero es jodido crecer sin mamá.

Qué te voy a decir a ti, ¿no?

Sé que te arrolló el miedo, que el mundo se te vino encima. Es normal. Pero nosotros estábamos ahí, ¿recuerdas? Bajando aquellos escalones de Valterra, ahí te sostuvimos nosotros mientras nos temblaban las piernas y se nos reventaba el corazón. Nosotros estábamos ahí.

Créeme que he luchado durante todos estos años para enmendar mis errores, papá. Volví a Madrid, la ciudad que me lo arrebató todo, me prometí a mi mismo que me haría grande y lo conseguí.

Ahora intento rehacerme lejos de casa, pero un poco más cerca de mi hogar. Y lo estoy volviendo a conseguir.

Lo sé, papá, debí estar ahí para despedir a nuestro marinero. Pero hay guerras que uno debe librar en soledad, y yo me necesitaba a solas.

Pídele perdón a los tíos y los primos, por favor. Quizá nunca tenga vida para recompensarles.

A veces te echo de menos, y al niño que fui cuando solo quería crecer.

Ojalá hubiese conseguido cumplir aquellas expectativas.

Ojalá ese papá referente, valiente y siempre superhéroe, nunca se hubiese diluido.

Todavía lo busco en fotos.

Y como duele encontrarlo solo en ellas.

Adiós papá, ojalá la vida nos regale otra oportunidad de hacer las cosas bien.

Ambos.

Juntos.

miércoles, 28 de febrero de 2018

Precipicios

El ser humano necesita los precipicios.

Necesita la adrenalina de sentir el vacío bajo sus vísceras, la sensación de estar a punto de caer.

El ser humano necesitas las balas,
los puñales,
las heridas,
la sangre.

Para volver a sentir dolor y, con él, que sigue vivo.

El ser humano necesita la pérdida, la partida, el abandono.

Necesita que le hagan trizas el corazón, para recordar que tiene uno,
y que debe cuidarlo.
Mimarlo.
Fortalecerlo.

El ser humano necesita las cicatrices.

Las necesita para tener presente todas las hemorragias emocionales de su historial.

El ser humano necesita los precipicios,
para caer y levantarse
o para saltar
y echar
a


  v
   o
    l
     a
       r


viernes, 6 de octubre de 2017

Carta a mi madre

Hola mamá, hace ya un tiempo que te marchaste, pero aquí parece que siempre es el día siguiente a tu partida.

Siempre es otoño en mi vida desde aquel dieciséis.

Querría contarte varias cosas, así que deja un ratito los crucigramas y escúchame; tengo café y galletas de canela.

He arreglado los pasillos en los que aprendí a andar. Bueno, me han ayudado. Y nunca tendré vida suficiente para agradecérselo. Ahora se puede respirar dentro de estas paredes. Es un hogar, y tiene mucha luz.

La abuela sigue luchando, dicen que cada vez le cuesta más recordar. Yo pienso que lo hace adrede; el mundo cada vez está más malito y es mejor ser selectivo con la memoria. Ella a mi no me engaña; cuando la miro a los ojos me grita amor. Y eso no lo hace alguien que no recuerda tu mirada; quizá es porque te ve en la mía.

No llores, mamá. La abuela es feliz. Canta, ríe y nos cuenta historias. Espero que tardes mucho en reecontrarte con ella.

Mi hermano está irreconocible. Estarías orgullosa de él. Yo nunca se lo digo, porque me sabe mejor meterme con él y buscarle las cosquillas, pero yo también lo estoy. Creo que ha entendido, después de mucho tiempo, lo importante que es vivir primero para uno mismo. Ha sido fuerte durante todo este tiempo, me ha abroncado cuando ha sido necesario y cuando no, pero siempre con las expectativas puestas en que aprendiera. En que creciera. Supongo que de tanto tirarme de las orejas he aprendido a escuchar.

De papá no sé qué decirte. Desde aquel día lleva perdido. El problema es que se buscó una brújula que no le marca el norte. Tú no llegaste a verla, pero en una película de piratas, el protagonista tiene una que le marca la dirección de lo que más anhela. La brújula de papá no es pura y él hace ya tiempo que naufragó.

Llora, mamá. Por las causas perdidas es bueno llorar para filtrar la impotencia y seguir adelante más livianos.

También quería pedirte consejo, te fuiste demasiado pronto. A veces no sé estar a la altura de los amigos que tengo. Me acongojo. Y no sé demostrarles que sigo estando ahí a pesar de todo, me da miedo no lograr que lo vean y perderlos. Supongo que no termino de acostumbrarme a que haya gente dispuesta a ayudarme sin pedirme nada a cambio; la costumbre de andar en soledad desde los doce.

Yo estoy bien, te lo prometo.

He vuelto a cometer errores, seguro. He vuelto a decepcionar a alguien, aunque no me lo hayan dicho. Estoy seguro de todo esto porque es inevitable. Solo espero que tú me perdones cuando no esté a la altura de tus expectativas. Me obligo a ser mejor cada día, pero a veces cuesta.

¿Sabes, mamá? Creo que la he encontrado. Ahora mismo está durmiendo, descansando en la alcoba donde tu me acogías las noches en las que tenía miedo. Duerme y se que tú velas por sus sueños igual que lo haces por los míos. Nadie me ha hecho tan feliz como ella. Se merece el cielo, mamá.

Creo que no se me queda nada.

Volveré pronto a escribirte.

Quizá no desde nuestro hogar, quizá vuelva a volar. Sabes que siempre fui muy inquieto.

Tranquila, mamá. Yo estoy bien, te lo prometo.

Ahora te dejo descansar y, como dice un buen amigo mío; nos veremos en las estrellas.



sábado, 19 de agosto de 2017

Cuando no éramos felices

¿Te acuerdas cuándo no éramos felices?

¿Cuántas noches pasamos en vela?
Buscando,
joder,
lo que tenía que aparecer sin forzar al destino.

Y la cantidad de improperios,
de 'esto no volverá a pasarme jamás'
que tuvimos que incumplir porque no teníamos cojones para querernos como nos merecíamos.

Joder, que los primeros que nos hacíamos daño éramos nosotros mismos.

Y teníamos, debíamos, esperar.

Pero ninguno de los dos supimos.

Y a golpes con el puto destino sobrevivíamos.

Hasta que tú llegaste a mi vida con un silencio,
y yo llegué a la tuya con una objeción.

Y llevamos más de medio año conviviendo en esas;
Tú crees que es mejor callar
y yo siempre espero más del resto del mundo.

Sobre todo de mí mismo.

Por eso todo me parece poco,
por eso no encuentro cielo que te acapare como estrella,
por eso no sé,
si quiera,
si en mi cama cabe un corazón como el tuyo.

¿Te acuerdas cuándo no éramos felices?


Yo ya lo he olvidado,
has sido tú la que se ha encargado.